viernes, 20 de abril de 2007

Poesía en pie de paz.

Poesía en pie de paz. Modos del compromiso hacia el tercer milenio de Luis Bagué Quílez. Premio Internacional «Gerardo Diego» de Investigación Literaria 2006. Valencia: Pre-Textos, 2006.
Imposible olvidar que en los noventa hubo una guerra en las trincheras de la poesía española, entre quienes acabaron constituyéndose en discurso hegemónico bajo la etiqueta ambigua de «poesía de la experiencia» y una suerte de discursos periféricos de fuerte compromiso social pero menor presencia mediática. El autor del presente ensayo estudia profusamente las dos últimas décadas para confirmar a su vuelta del siglo el arcoiris de movimientos poéticos que atraviesan el panorama castellano todos ellos bajo el marchamo a su decir de «poesía comprometida», sean del signo que sean. Y no es que ello no sea bonito, por aquello de que los happy end siempre resultaron más tranquilizadores que los dramas convulsos, pero pretender decir que aquí paz y allá gloria después de todo lo llovido —en todos los sentidos y en todos los frentes— se nos antoja un tanto excesivo simplificador para lo ocurrido, una hipérbole un punto licenciosa. Tanto más cuando concluye que toda esta guerra abierta entre capillas poéticas regionales “vuelven a mostrar su inevitable solidaridad y, gracias a ello, la poesía se convierte de nuevo en una cuestión moral” (95). En aras a unos estudios críticos y a la dedicación de quienes con ellos pretendieron desenmascarar los embustes del poder (del discurso), resulta imposible concluir que donde antes guerra ahora paz.
Inevitable —y necesaria— la fundamentación filosófica con que arranca su estudio Bagué (con el fin de diferenciarlo de la modernidad), con no ser del todo incoherente aun a pesar de faltar esa diferencia necesaria y a todas luces clarificadora entre el pensamiento débil y el fuerte postmoderno (que desde luego lo hubo), se hace más necesario todavía un inexistente estudio sociológico del periodo objeto de estudio por ser el verdadero explicador de cuanto ocurre en la lírica desde la famosa antología de Castellet. Desde ese momento, administrada a través de una frondosa selva de antologías generacionales, sólo es posible avanzar con el estudio publicitario, mediático y propagador del marchamo poético al ser su motor y revulsivo desde unos ochenta en que España comienza a despegar hacia el neoliberalismo y su doctrina consumista una vez bien instalado el gobierno de Felipe González en el poder. Menos mérito se le puede quitar a su autor en la ardua y extensa contextualización del surgimiento de los poetas tanto en los 80 como en los 90. Pero Bagué repite los argumentos más trillados de la crítica oficial a la poesía de los 80 al justificar la manida idea de “utilidad, normalidad, antivanguardismo” (58) que llega a su capitoste García Montero en forma de lo que llama «dimensión ética» en términos de “intento de devolverle a la poesía su facultad originaria para conmover a los lectores y apelar a su racionalidad” (58), y sigue justificándolo en términos imposibles: “una utilidad situada a medio camino entre el concepto ilustrado de moral privada y el concepto materialismo de conciencia cívica” (58). Culmina con la citación de unas palabras del propio García Montero justificativas del término, incluso admitiendo su origen en la sociedad de consumo y el nuevo viro que imprime al mismo como sinónimo de “el conocimiento, la reflexión individual y la indagación en los fundamentos de la vida nos hacen más libres” (cf. 59) muy a pesar de que ideológicamente el contenido de esa poesía que representa este autor sea todo lo contrario privacidad y compromiso íntimo de acuerdo con la nueva ideología ya arraigada en la sociedad: individualismo popperiano. Eso por no hablar del concepto de «normalidad» que maneja, es decir, cuanto se ajusta a su poética marcadamente realista, cotidiana e intimista. Pero el compromiso que le adjudica Bagué es el del “desvelamiento de la norma social” y “la autoconciencia de clase” (60) como si bastara ‘norma’ (la palabra mágica), ‘compromiso’ (palabra comodín) o ‘conciencia’ (¡quién no la tiene!) como para ejercer de ella (bien que critique el dogmatismo similar al que critican ellos con el rechazo a las vanguardias anteriores). Recordemos que la palabra martillo no golpea y que proferir la bondad no significa personalizarla.
Aun bajo el marchamo descriptivista y laboriosamente notarial que preside el ensayo de Bagué, no deja de ser preocupante que cuando analiza la contra a la poesía de la experiencia en corrientes como (el grupo cordobés de) la «poesía de la diferencia» describa su germen y desarrollo como crítica pero en ningún momento aluda a que se construye como intento de doblegar la dinámica oficial canonizada ya por ese entonces en la corriente experiencial sin aportar más que el intento de derribar para auparse a ellos mismos, al arrimo de las críticas que iba recibiendo esta otra corriente oficializada, un provecho propio que Alicia Bajo Cero nunca entendió entre sus postulados por mucho que algunos de sus miembros fueran destacados poetas de otras corrientes dispares, sino sólo se dedicaron a abundar con aparato crítico-teórico en la infamia (de lo que llevaba un tiempo ocurriendo). Es ahí donde mete, injustificadamente, en el mismo saco a la poesía de la diferencia con el colectivo crítico Alicia Bajo Cero, o con la estética de la resistencia del sector onubense Voces del Extremo o la poesía practicable de Jorge Riechmann (94). Error grave: nada más lejos. Alicia Bajo Cero no sólo pretendió con sus escritos alertar sobre el grado de perversión verbal que llevaba un tiempo ocurriendo en el discurso poético pujante de lo que se llamó «poesía de la experiencia» sino en la crítica que confirmaba y legitimaba (extendiendo la correspondiente alfombra bajo sus pies) al movimiento, intentado clarificar concepciones y poner las cosas en su sitio: sólo quienes prefirieron hallar en esa crítica ideológica enfrentamientos personales, como se pretendió, redujeron el meollo del asunto a lo más trivial sin querer entender nada o mejor llevándolo al siempre interesado terreno personal al que desde luego el colectivo nunca bajó por parecerle innoble, inútil, improductivo y sin el menor interés crítico. De algún modo allí se criticaba el apenas presente riesgo en la composición y la reiteración de manidas fórmulas del pasado que acaban arrinconando a esta formación en un conservadurismo ideológico escritural que alguien llamó decimonónico, a la postre ensimismado por sujetos que se veían enamorados en el espejo de su sonrisa y diciéndole al mundo qué mal hecho estaba todo y qué desgraciados eran por tanto despropósito: lo que se llamó «estética de perdedores para consumo de triunfadores». Todo eso está arduamente historiado, pero desde luego aquí NADA DE NADA, como si tal no existiera o hubiera sido borrado de la historia.
Y entrando en aspectos esenciales de las perspectivas teóricas de lo que dice llamar Bagué «compromiso» en este periodo objeto de estudio (cap. III), con ser cierto que hereda la «otra sentimentalidad» el bagaje teórico de su maestro Juan Carlos Rodríguez, esa historicidad de la literatura no sólo les lleva a recuperar el compromiso en palabras de Bagué “canalizado hacia la transformación del presente y la discusión sobre el futuro” (107), sino que su magisterio sirve para propugnar todo lo contrario a lo que practican tanto García Montero como el resto de diligentes discípulos tomando al pie de la letra las enseñanzas de un guía marxista que les transfería ese marchamo cuando dentro de la piel de cordero se podía esconder cualquier lobo neoliberal ya campante por entonces, capaz de devorar una realidad inmediata de clase media que vivía confortablemente una vida que se les vuelve abúlica de tanto mirarla melancólicamente y de pensarla en términos de trivialidad evanescente entre barras de bares, copas de alcohol y chicas de una sola noche. No existe entre los argumentos de Bagué el menor enjuiciamiento entre lo dicho por éstos y lo practicado sino aceptación de lo que dicen hacer éstos, pero lo bien cierto es que sus prácticas poéticas, clónicas todas ellas de sus cabezas visibles que marcan el ritmo, las más de las veces caen en flagrantes contradicciones, por ejemplo al unir poesía y realidad limitándose al famoso “poeta vestido con vaqueros”, pura pose y forma sin mayor densidad sígnica. ¿Acaso el mono azul o la pelliza de gañán de Miguel Hernández son menos cuantificadores del hecho poético que la chaqueta de JRJ?
Por su parte, incluir a Roger Wolfe, como representante del realismo sucio, en idéntico saco a poéticas tan disímiles como las de Pablo García Casado o David González, y además admitirlo como poesía comprometida es un buen ejemplo de la laxitud del concepto que maneja en el que caben toda suerte de escrituras del final del siglo. Si bien reconoce que los postulados de los seguidores del realismo sucio como es el caso de R. Wolfe “desafían la retórica izquierdista”, pero dice hacerlo “mediante una interiorización del compromiso que se opone a cualquier forma de demagogia” (150) lo cual es insólito en una poética engolfada en la abulia vital juvenil, explicable según éste por la alineación que viven sus sujetos protagonistas en la sociedad actual. Una línea poética entrevista por su heterodoxia recuperadora del compromiso —dice— a través de una salva de temáticas relacionadas “con los principales modos del compromiso en la poesía española contemporánea” (151), cuando el primero, Wolfe, hace de la abulia y de la estética del derrotado para consumo de triunfadores toda su pose artística y su bagaje.
Igualmente todo parece valer al clasificar por subgéneros la poesía del momento en aras de una imposible justificación, por ejemplo un «epigrama crítico» representado por autores como Víctor Botas, Martínez Mesanza, Juaristi, Iribarren, etc. cuando la crítica ha demostrado con suficiente aparato crítico la huida que producen las más de las veces (casi siempre) hacia un pasado idealizado frente a un presente que se les torna díscolo, y sin embargo Bagué entrevé que “la anécdota se encuadra en un indefinido decorado pretérito, que actúa como metáfora del presente” (169) y luego sigue abundando en esas razones en los siguientes términos: “permite compatibilizar el reflejo de la realidad inmediata con cierto alejamiento emotivo” (172). Lo insólito es que mezcle a Martínez Mesanza con Suñén o Martínez Sarrión con Botas. Del mismo modo dice ocurrir con la «sátira» en Miguel d’Ors, Juaristi, Carlos Marzal o L. Alberto de Cuenca y además contradiciendo la supuesta frivolidad que exhiben y por el contrario “La emanación psíquica, la llaneza expresiva [...] y la sonora musicalidad inciden en una atenta mirada a la historia reciente y a la geografía costumbrista actual. De esta forma, la nueva sátira entronca con la recuperación del compromiso sin renunciar a sus cimientos figurativos ni a la complicidad con el lector.” (184). En fin.

Reducir “El panorama poético de los últimos años” a una “manifiesta recuperación del compromiso” (335) con el pupurri llevado a cabo en la segunda parte del ensayo, a modo de ejemplificación en el capítulo VI analizando más detenidamente cuatro poéticas significativas de cada una de las sensibilidades del compromiso antes manifestadas, y a través de un poemario de cada autor, de nuevo poniendo al mismo nivel ejemplificador a Riechmann con Wolfe o a F. Beltrán con García Montero es el intento de constatación del desaguisado crítico llevado a efectos hasta ese momento, el modo de justificar lo injustificable, por supuesto legítimo en Riechmann o Beltrán pero imposible de hacerlo en las poéticas de Wolfe o García Montero.
Si el título mismo da cuenta del carácter re-conciliador de las más diversas corrientes poéticas en pugna presentes en el final y principio del nuevo siglo, éste resulta imposible por ser tanto como juntar agua con aceite en la caldera lírica de nuestro tiempo, cuando llevamos cocinada tanta bibliografía que se ha desgañitado en demostrar lo otro. Considerar como parte del bagaje en el haber lírico de la poesía de la experiencia el compromiso es tanto como asumir el todo vale y el ancha es Castilla de nuestra tradición. En honor a la realidad, y a una liza que tuvo en vilo al panorama poético de los noventa, no podemos desdibujar el total de los tramos de esa historia ni todo ese caudal ya frondoso de estudios que demuestran todo lo contrario, clarificando el orden del compromiso en nuestras letras poéticas. No entrar en liza con la dialéctica pionera de Alicia Bajo Cero, tanto analítica, crítica como teóricamente —en todos y cada uno de esos estadios—, con los ensayos de Antonio Méndez Rubio o Jaume Pont y demás es tanto como obviar unas fuentes bibliográficas que se nos antojan hoy vitales para clarificar el periodo objeto de estudio, tanto peor cuando son meramente citados por su autor. El todo vale (del a río revuelto de tanto pensamiento débil), tratando de pasar de puntillas por el proceso creativo español viene enmarcado por un significativo “en pie de paz” (poema del capitoste de la corriente dominante) cuando fue todo lo contrario, a más de rotulado por el “compromiso” atravesado en todas las facciones invalidan lo que de por sí no es más que una exhaustiva, amplia, bien documentada y ambiciosa panorámica de la poesía reciente. ¿Por qué no panorámica en vez de lírica del compromiso en este frondoso repaso? Eso y sólo eso, pero desde luego en ningún modo discernimiento sobre el compromiso porque hacernos pasar lobos por ovejas a estas alturas del debate no genera sino mayor confusión y discordia de la habida, desequilibrio una vez más de fuerzas, esloramiento intencionado hacia quienes han gozado del favor de la publicitación y divulgación masiva, faltar a la realidad de lo ocurrido por esas fechas pretendidamente historizadas.
Visto lo estudiado por Bagué aquí parece que todo fueron estéticas comprometidas, desde el ecologismo incipiente de esos años hasta la realidad social y repudio al consumismo. Un apuntarse a toro pasado al carro de turno del oportunismo. Nada más lejos de lo sucedido. Cuando un ensayo del presente cariz genérico bien pudiera haber sido la salida del atolladero en el que se halla sumido el panorama poético vigente, por el contrario supone toda una regresión el hecho de que los peldaños subidos en favor de una oportuna clarificación han sido descendidos por la escalera de la confusión generalizada.Tan magra resulta la memoria que cabe recordar que aquí hubo una guerra, no por unos sino por los improperios (y el uso indebido, oportunista) lanzados al lenguaje de los otros. Y añadir que en las trincheras de la izquierda hay muchos surcos, sin duda algunos que miran con deseo a la derecha. Vencerán, una vez más, pero no convencerán. Lástima de oportunidad para poner orden y clarificar procesos en marcha con una perspectiva histórica amplia como la abordada. Lo notarial siempre quedó del otro lado de lo dialéctico. Bien pensado, Campoamor, más allá de su decir ripioso, hoy se nos antoja un poeta anecdótico del momento, curioso pero enteramente trivial en su decir.

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